El Mago y el Caracol

En lo alto de la montaña vivía un poderoso mago. Con el correr de los años, su habilidad para realizar prodigios se había hecho tan extraordinaria que, si bien al principio precisaba la ayuda de una varita mágica, había conseguido prescindir de dicho instrumento.

El mago del que hablamos, no sólo era poderoso por los prodigios que podía realizar, sino por la grandeza de su alma. Una de las razones que le habían llevado a adquirir este poder no era otro que el deseo de ayudar a todo el que necesitara. Por ambas razones, su poder y su bondad, llegó a hacerse muy famoso no sólo en las cercanías del lugar en el que habitaba, sino en lugares alejados de éste.

Un día, mientras realizaba uno de sus acostumbrados paseos, sus ojos se posaron en un diminuto caracol que, pausadamente, hacía su recorrido. Los deseos de ayudar del mago siempre estaban despiertos y empezó a preguntarse qué podría hacer por el pequeño caracol. Poco tardó en darse cuenta de lo que podría hacer feliz a este ser. Observó cómo caminaba lenta y trabajosamente, y se le ocurrió que podría ser una buena idea el proveerle de un ultra rápido motor turbo. Pero al mago no le gustaba obrar sin solicitar en primer lugar el consentimiento del quien iba a ser ayudado; así, después de saludar al caracol y presentarse a él, le participó lo que deseaba hacer. El caracol quedó muy sorprendido pues nunca se le había ocurrido tal cosa. Después de pensarlo durante unos segundos, se dirigió al mago en los siguientes términos:

-“Te agradezco mucho lo que quieres hacer por mí, y no quiero que pienses que soy un desagradecido pero, pensándolo bien, no tengo ninguna necesidad de caminar más rápido”.

El mago quedó muy sorprendido ante esta respuesta; a él le constaba que en la sociedad moderna todo el mundo quería aprovechar mucho más el tiempo.

“Y yo lo aprovecho”- objetó el caracol.- “Mira, caminando con esta velocidad puedo fijarme en cada uno de los detalles que salen a mi encuentro; puedo percibir la humedad de la tierra que piso, la suavidad de la hierba, el diferente tamaño de los granos de arena. No te imaginas lo hermoso que es”.

El mago quedó muy satisfecho ante esta respuesta. Frente a él estaba un ser vivo que era capaz de valorar el mundo al que pertenecía. Ahora, todavía con más razón que antes, quería hacer algo por este personaje tan simpático con el que se había encontrado. Pensando y pensando cómo podría agradarle, sus ojos esta vez se posaron en el caparazón que cubría el cuerpo del caracol. Le pareció al mago que era mucho peso el que tenía que transportar, y se le ocurrió que él podía liberarle de aquella molestia. Como había hecho antes, también esta vez consultó con su nuevo amigo.

-“¿Te parece bien que te libere de ese peso que transportas?”

Nunca el caracol se apresuraba en sus respuestas; consciente de la importancia de lo que se le proponía, después de meditarlo, contestó así al mago:

“Eres un persona muy amable, pero también en esta ocasión tengo que contestarte que no. Esto que llevo y que a ti te parece pesado y molesto es mi casa. No te puedes imaginar lo cómodo que es llevarla. Es muy ligera y tan confortable. Nunca he de preocuparme por si encontraré o no alojamiento en el lugar en el que me encuentre. Si llueve, tengo donde guarecerme; si hace demasiado sol, tengo donde protegerme. Me gustaría poder invitarte a que pasaras al interior y así podrías comprobar lo cómoda que es, pero eres demasiado grande para introducirte en mi casa”.

Sin duda el caracol olvidaba que estaba hablando con un gran mago, por lo que éste, haciendo uso de sus muchos poderes, se hizo tan pequeño como una hormiga, pudiendo visitar la casa del caracol y dándose cuenta de esta manera de cuanta razón tenía.

Una vez recuperado su aspecto normal, el mago parecía reflejar una cierta tristeza, por lo que el caracol le preguntó lo que le pasaba.

“No estoy triste, al contrario, me alegro mucho de que estés tan satisfecho con lo que posees. Lo único que pasa es que me hubiera gustado darte algo, pero me has convencido de que ya tienes todo lo que deseas”.

Ante estas palabras del mago, el caracol no pude menos que demostrar su asombro.

“¿Crees que no has podido hacer nada por mí?” Dijo el caracol “Estás muy equivocado; has hecho mucho más de lo que puedas imaginarte”.

El mago, aunque era muy sabio, no consiguió entender el significado de lo que el caracol le decía. Viendo esto el caracol, siguió hablando:

“¿Es posible que no te des cuenta de lo mucho que me has dado? Me has regalado el bien más precioso que existe, el amor. Te has preocupado por mí, te has interesado por mis necesidades. ¿No te parece que me has ofrecido el don más maravilloso que posees?”

Así era, en efecto. Se despidieron alegremente, deseando verse pronto. El mago regresó a lo alto de la montaña con un conocimiento mucho más valioso que cualquiera de los que hasta entonces había adquirido. Ahora sabía que no había nada más importante que el amor, y desde aquel día se hizo consciente de lo hermosa que era la vida simplemente por darnos la oportunidad de decir buenos días al mundo.

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