“Es bueno que el que ha obrado mal reconozca su falta y se arrepienta, pero eso no basta. Aunque los remordimientos y las lágrimas que los acompañan sean a veces una especie de purificación, para ser perdonados hay que reparar.
Habéis hecho daño a alguien y vais a pedirle disculpas. Si las acepta, está muy bien, pero os queda por reparar los perjuicios causados: sólo entonces quedaréis liberados. Decid al que habéis perjudicado: «Estoy desolado, perdóneme…» no basta, y la ley divina os va a perseguir hasta que hayáis reparado el mal que habéis hecho. Diréis: «¡Pero la persona perjudicada me ha perdonado!» No, la cuestión no se resuelve tan fácilmente, porque la persona es una cosa y la ley es otra. La persona os ha perdonado, desde luego, pero la ley, la ley divina no os perdona, persigue hasta que hayáis reparado. Evidentemente, el que perdona da pruebas de nobleza, de generosidad. Pero el perdón no resuelve la cuestión: el perdón libera a las víctimas, a aquéllos que han sido maltratados, perjudicados, pero no libera a los culpables. Para liberarse, el culpable debe reparar.”
Omraam Mikhaël Aïvanhov

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