LA BELLEZA DEL ODIO
Voy a decir algo espiritualmente muy incorrecto.
Está bien odiar. O, mejor dicho, la energía del odio, cuando surge en tu experiencia presente, cuando arde con toda su intensidad en tu barriga, pecho, garganta, cabeza, no es una energía digna de ser despreciada, negada, destruida o de sentir vergüenza. Eso sólo añadiría otra capa de resistencia al momento que se está viviendo. El odio es un movimiento de vida válido, una ola vibrante en el inmenso océano de las cosas. Es algo en ti que sólo quiere ser sentido, abrazado como parte de un panorama de realidad todavía más amplio.
Es un niño perdido, vagando en la oscuridad, buscando tu luz.
Ten en cuenta que no estoy hablando para nada de ‘actuar con’ la energía del odio, culpando a los demás por cómo te sientes, destruyéndolos con el fin de encontrar tu propia paz, sino permitiendo profundamente que esa poderosa energía se mueva en ti, permitiendo que perviva el tiempo que sea necesario, y que arda todo lo que tenga que arder para disolverse en su propio tiempo. Cuando reconoces que el odio está en ti, pero no te identificas con él, cuando te permites a ti mismo sentir y honrar su poder y no huir de él o juzgarlo como ‘malo’ o ‘dañino’ o ‘destructivo’, cuando permites que esas poderosas fuerzas dancen, descubres una de las verdades más profundas acerca de la realidad:
El odio no es lo opuesto al amor. El amor no tiene opuesto. El amor es tan vasto y atemporal que no puede ser atacado o destruido, al igual que las palabras en un libro, sin importar lo violentas o intensas que sean, no pueden dañar a las páginas. El amor es la luz que no conoce la oscuridad, y sus sombras no tienen ningún poder en sí mismas. El amor permite que la energía del odio arda dentro de él, y lo abraza como si fuera su propio hijo, incondicionalmente. Así, el odio se revela como impotente, y se ve como una expresión intensa de amor y su anhelo.
Nadie ha odiado jamás a nadie o a nada. Tan sólo hemos estado buscando amor en formas desesperadas.
He aquí una invitación a descubrir un amor tan grande que estará dispuesto a sentir odio hacia ‘otro’, y saber que eso no tiene nada que ver con el ‘otro,’ ¡para nada! ¡Todos somos inocentes! ¡Nadie tiene la culpa! Descubre que eres la vida misma, y que TODAS las energías de vida pueden fluir a través tuyo, volver a casa en ti, ¡descansar en tu abrazo!
En pocas palabras, puedes amar a los demás tanto que de repente te puedes permitir odiarlos (“a ellos”), porque estás dispuesto a dejar entrar incluso a esa energía. Estás dispuesto a soltar todas tus imágenes de ti mismo, el ‘niño o niña buena y agradable’, o el ‘perfecto e iluminado ser espiritual’, imágenes muertas y de segunda mano, y que siempre lo han sido. Estás dispuesto a dejar de tratar de mantener todo en orden, y dejar que todo se venga abajo, por la Verdad, por lo real.
A veces tienes que sentir que el odio arde dentro de ti para recordar que estás vivo, y que eres sensible, y que estás abierto, y que eres capaz de acoger cosas realmente grandes, que eres capaz de dar a luz a universos, y en el medio del odio descubrir un amor tan profundo y radical que deja en silencio a la mente y rompe el corazón purificándolo.
Creías que odiabas. En realidad, amabas profundamente. Es por eso que eras capaz de odiar.
Visto desde esta luz, incluso el odio puede ser una puerta hacia el amor, si estás dispuesto a mirar dentro, y soltar el paradigma de la culpa, el remordimiento y la venganza, y la búsqueda de la paz fuera de ti, y acercarte a lo que realmente sientes en el momento.
Porque cuando te permites sentir el poder del odio, honrar la vida que hay en él, hacerle una reverencia, dignificarlo con tu amorosa atención, no podrá coagularse o solidificarse en un “te odio”.
Y tal vez mires atrás y te des cuenta que nunca se trató de ‘odio’, porque éste es sólo un concepto que aprendiste en el jardín de niños. Era amor, ingeniosamente disfrazado, expresando, suplicando, susurrando: “¡Sigo aquí! ¡Sigo aquí!”.
Y así, podrás decirle a un amigo, y un amigo podrá decirte a ti: “He descubierto que el amor no es un bien finito, ni un sentimiento fugaz, tampoco una tarea en la que uno pueda fracasar o tener éxito. Es un campo vivo, un campo que abraza y aguanta, y que, en el momento, podrás odiarme con cada fibra de tu ser, y yo a ti, y sin embargo, el campo sigue siendo, y somos acogidos allí en nuestro dolor y en nuestra divinidad, siempre…”
– Jeff Foster

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