Evangelio de Marcos 1, 12-15

En aquel tiempo el Espíritu empujó a Jesús al desierto.

Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre las fieras y los ángeles le servían.

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía:

Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed la Buena Noticia.

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FIERAS Y ÁNGELES

En todo proceso de crecimiento –y más, en los periodos críticos del mismo- hacen acto de presencia las “fieras” y los “ángeles”.

Así es como cataloga la mente las experiencias que acontecen cuando nos adentramos en nuestro mundo interior. Sin embargo, unas y otros son maestros por igual en el proceso. Y pueden ser externos o internos.

Las “fieras” (o “demonios”) son aquellas circunstancias exteriores que nos frustran y, sobre todo, aquel material psíquico que no hemos reconocido o aceptado en nuestro interior. Es la “sombra” que vamos arrastrando –y que continúa asustándonos- hasta que no la reconocemos y abrazamos abiertamente en su totalidad.

Los “ángeles” son los consuelos –también externos e internos- que aparecen en nuestro camino, en forma de paz, de luz, de comprensión, de fortaleza, de amor…

Decía que demonios y ángeles cumplen su cometido. Los primeros nos “obligan” a avanzar hacia nuestra verdad profunda, sacándonos de la superficie, o tal vez de la “zona de confort”, en la que nos habíamos instalado, conformándonos con vegetar.

El crecimiento implica que abracemos toda nuestra verdad, también aquella que nos aparece bajo disfraces temerosos, como el miedo, la soledad, la tristeza, la angustia… Lidiar con tales “fieras” requiere que seamos capaces de mirarlas a los ojos, con comprensión y paciencia, y mucho afecto hacia nosotros mismos, hasta experimentar cómo el abrazo termina por deshacerlas.

El abrazo es precisamente uno de esos “ángeles” que nos aportan luz y fortaleza. Cuando, gracias a él, dejamos de rechazarlas y de resistirlas, notamos cómo se ha expandido la luz y la fortaleza en nuestro interior: nos percibimos más unificados y armoniosos.

Decía la beguina Hildegard von Bingen que “la tarea más hermosa de la persona es convertir nuestros sufrimientos en perlas”. Eso es lo que sucede gracias al abrazo de toda nuestra verdad.

Y, quizás, la actitud que más favorezca toda esa tarea sea la aceptar lo que aparece y amar lo que es.

La aceptación no tiene nada que ver con la resignación ni, mucho menos, con la claudicación. Aceptar es, sencillamente, reconocer lo que hay y dejar de negarlo o resistirlo. Pero será más eficaz todavía si se trata, no solo de una aceptación fría, sino de una actitud lúcida de amar lo que es.

Al amar lo que es, nos alineamos con el momento presente, se acaba toda resistencia, se deshace la frustración y el victimismo provenientes de que “esto no debería ser así”… y emerge la reconciliación: el “ángel del consuelo”.

Cuando amamos lo que es, cesa el temor y la resistencia inútil. Nos alineamos con lo Real…, hemos llegado a Casa.

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